CAFE FILOSOFICO Nº 35

 
 
Enero 09 1999

 
 
 
 

 
 



 
 
CAFÉ FILOSOFICO N° 36

 
 
Enero 16 1999

 
 
¿Existe libertad de expresión?

 



 
 
CAFE FILOSOFICO Nº 37
Enero 23 1999

 
 
 

 



 
 
 
CAFE FILOSOFICO Nº 38

 
 
Enero 30 1999

 
 

 
 



 CAFE FILOSOFICO Nº 39

 
 
Febrero 06 1999 

 
 
¿En qué consiste la felicidad?

 
 



 
 
 
CAFE FILOSOFICO Nº 40

 
 
Febrero 13 1999

 
 
 
 

 



 

CAFE FILOSOFICO Nº 41

 
 

Febrero 20 1999

 
¿La moral se rige por la buena voluntad o por los hechos?

El presente tema tiene como trasfondo el que en la reunión pasada la discusión se enfrascara en parte en el hecho de si bastaba que los creyentes tuvieran la buena voluntad de seguir los dogmas de su religión para ser declarados creyentes, o si, por el contrario sería necesario que muestren en sus actos en la vida diaria concreta el que creen en los dogmas de su religión.

Aquí cabe hacer primero una distinción entre fe en los valores morales de una religión y fe en la creencia de la existencia de un Dios.

La mera creencia o no en un ser supranatural no conlleva directamente a una problemática moral. Si creo en marcianos, fantasmas o dioses esto no necesariamente implica determinada posición moral.  En cambio sí nos plantea un problema moral la creencia en la validez de los valores morales que determinado grupo de personas sostenga como universalmente válidos sin sustentar estos valores racionalmente. Es un problema porque la validez de dichos valores morales al no tener sustento racional, se rige únicamente por los antojos arbitrarios de los creadores de dichos sistemas morales y de los que se autodenominan los intérpretes fidedignos de ellos, es decir, de los fundadores de religiones o códigos éticos determinados y de sus sacerdotes o propagadores.
 Este tema ya había sido tocado por Kant, que por ello sugiere la necesidad de establecer el imperativo categórico, es decir, establece la necesidad de que las máximas morales en las que creamos, puedan ser racionalmente  universalizables, es decir, que sea posible que sean consideradas válidas para todo el mundo. Así por ejemplo, robar sería malo, porque la razón nos dice que no es posible que todos roben, ya que, no habría a quién robarle, si a todos les hubieran robado sus propiedades.

Inmediatamente surge la objeción de que uno podría equivocarse al razonar. Por ello Kant introduce el factor de la voluntad en su argumentación y nos dice:
una persona actúa moralmente cuando no sólo hace lo que según las leyes de la costumbre se considera correcto, sino también cuando está convencida de que esto es lo correcto a seguir, según el imperativo categórico, es decir cuando uno actúa de tal manera que las “máximas” (principios) de tu voluntad, podrían ser consideradas leyes universales.

Kant especifica que la buena voluntad no es buena por lo que efectúe o realice, ni es buena por su adecuación para alanzar algún fin que nos hayamos propuesto; sino que es buena sólo por el querer, es decir, es buena en sí misma

Esto sin embargo no ha de entenderse como que basta que yo diga que tengo la buena voluntad de obrar bien, y acto seguido “me equivoque” y maltrate o humille a las personas sobre las que puedo ejercer poder, etc. Kant  se da cuenta de que la gente puede usar la argucia del argumento de la buena voluntad para  disfrazar de inocencia sus actos perniciosos. Por ello introduce en su defensa el factor de “la razón como facultad práctica que debe tener influjo sobre la voluntad”, es decir que sólo si uso mi razón práctica al máximo (es decir, si analizo detenidamente y aprendo de mis experiencias prácticas y me ilustro), sólo entónces estoy mostrando una verdadera buena voluntad.

En otras palabras Kant parte de la suposición de que es posible determinar por la razón qué es lo moralmente bueno y qué es malo.

Sin embargo, el teórico del liberalismo, Hegel da un paso atrás al proponer la imposibilidad de lograr un conocimiento universal y afirma que el código moral que cada persona sigue es subjetivo y para adquirir validez debe coincidir con lo que la sociedad ha impuesto como válido, es decir, con las leyes que imperan en una sociedad. Sólo así el hombre sería libre, porque su voluntad  moral personal  resultaría coincidiendo con lo que el sistema legal del Estado en el que vive acepta.  En otras palabras, lo moralmente válido en nuestros tiempos sería estar de acuerdo con todas las leyes que ha promulgado la camarilla que está en el gobierno y con los valores que propugnan, porque al fin y al cabo si están en el gobierno es porque el espíritu del pueblo peruano quiso que así fuera.
Para Hegel el modo de ser libres en las actuales circunstancias es aceptar los hechos y festejar los valores morales y las leyes que la cúpula de turno levanta. No hace falta ser filósofo para darse cuenta que acá Hegel pretende fundamentar racionalmente el relativismo fatalista y la consiguiente sumisión con respecto a las autoridades.
 Si bien podría parecer  que esta posición basa su moral en los hechos, esto no es así. Porque el relativismo que propone, parte del reconocimiento de la autoridad de turno, pero no permite una fundamentación racional universal de la moral. Lo moral es lo que subjetivamente es la voluntad de los poderosos y su validez se prueba en el hecho de que han podido imponerse objetivamente, según Hegel.
Pero como según el mismo autor no estaríamos autorizados a hacer un juicio racional universal sobre esa autoridad, finalmente todo se reduce a que la moral se basa en la voluntad de los gobernantes y no en los hechos, pues no nos podríamos pronunciar objetivamente acerca de ellos.

Como se ve, es muy conveniente que los actos no puedan ser juzgados moralmente en base a hechos concretos, sino más bien por una supuesta “buena voluntad”, que resulta ser la voluntad de los gobernantes de turno, según la propuesta hegeliana, o la de la cúpula de intérpretes de un código moral sin sustento racional. Es conveniente para mantener en sumisión a los que aceptan su incapacidad de juzgar por sí mismos acerca de la moralidad de los hechos.
 

 



 

CAFE FILOSOFICO Nº 42

 
 
 

Febrero 27 1999

 
 
 
 

 



 

CAFE FILOSOFICO Nº 43

 
 
 

Marzo 06 1999

 
 
 
¿El éxito depende de lo genético o lo cultural?

 
 




 
CAFE FILOSOFICO Nº 44

 
Marzo 13 1999

 
¿Cuál es la diferencia entre psicoterapia y consejería filosófica?

Hay dos diferencias esenciales entre la psicoterapia y la consejería filosófica:

1) La autoridad implícita de determinada línea interpretativa psicoterapéutica por parte del Psicoterapéuta y de su cliente. Esto lleva a una  comprensión estrecha de los problemas que se interpretarán sólo desde esta perspectiva.
La conversación se desarrolla siempre entre una persona con problemas psicológicos y otra persona que la analiza según una teoría y que además tiene razón con su análisis.

En la consejería filosófica el trato es horizontal. Ambas partes discuten y exponen sus puntos de vista. No hay una parte obligada a descubrirse, mientras la otra se mantiene cubierta. Es en la discusión abierta y sincera en la que cada cual  se muestra cual es y expone sus punto de vista para analizar racionalmente los problemas expuestos y el contexto en el que se dan. Ahora bien, en la psicoterapia la atención se centra en el sujeto y en sus experiencias inmediatas individuales.

2) Por lo tanto la segunda gran diferencia entre psicoterapia y consejería filosófica es que el filósofo necesariamente enmarcará el problema individual dentro de un contexto mayor, es decir que lo enmarcará dentro del contexto social, cultural e histórico correspondiente.

El psicoanálisis Freudiano nos da el diagnóstico de la causa más inmediata de nuestros eventuales traumas inconscientes, pero no nos dice como resolverlos. Freud suponía que al ser consciente del origen más inmediato de un trauma, la persona lo podría superar.

Sin embargo esto no es así. De haber elegido el camino del psicoanálisis para resolver los problemas, recién a partir del diagnóstico del psicoanálisis empieza la pregunta de cómo enfrentar el problema. Mucha gente ha logrado determinar el origen de ciertos traumas o manías pero esto no ha llevado necesariamente a que la persona los pueda superar.

El problema es que el evento o los eventos que han originado determinados traumas se han originado muchas veces por problemas que trascienden el evento particular y  se deben más bien a prejuicios y tabúes aceptados por una sociedad. Estos prejuicios y tabúes a su vez tienen un origen económico, social, cultural e histórico que es conveniente analizar para entender el evento personal dentro del contexto global.

Siendo el hombre un ser social es poco probable que pueda resolver sus problemas individualmente.

Sin embargo cada filósofo tiene como base de su análisis de la realidad cierto sistema filosófico de comprensión del mundo. En base a su concepción filosófica del mundo también variará su modo de aproximarse al otro: en caso de la consejería filosófica, al aconsejado.

Podría argumentarse que también en este caso al igual que en la psicoterapia el consejero se encuentra en una situación de superioridad con respecto al aconsejado porque finalmente el consejero guiará la conversación en base a lo que sus presupuestos  filosóficos considerarán más sensato. La diferencia radica en que el consejero no está preso en las redes de una corriente de interpretación determinada que deberá regir durante toda la discusión, sino que puede adoptar su metodología a los cuestionamientos nuevos conforme estos van apareciendo. Si bien el consejero puede dar su opinión sobre determinados acontecimientos, esto no significa que el aconsejado inmediatamente botará al tacho de basura toda su visión del mundo anterior para tratar de adoptar la del consejero. Más bien esta apertura permite que la discusión sea más sincera y que ambas partes analicen conjuntamente los problemas expuestos.

No obstante existen terapias psicológicas que trascienden el área de la psicología cruzándose con el de la filosofía. Es el caso de la terapia racional emotiva, la terapia cognoscitiva del comportamiento, la logoterapia y otras. Este tipo de cruces interdisciplinarios es sumamente positivo, ya que el encasillamiento de las diferentes áreas de estudio lleva al embrutecimiento y a la limitación de los alcances de toda investigación. Finalmente el encasillamiento de las áreas científicas es un invento del hombre y no es inherente a la naturaleza, ni a la realidad social de la cuál los humanos han abstraído sus objetos de estudio.

Al igual que la terapia racional emotiva y la terapia cognoscitiva del comportamiento se busca que el círculo vicioso de las ideas irreales se rompa pasando  a una forma más lógica, real y positiva. Y también en cierta manera como ya decía Platón se supone que los eventuales problemas emocionales se deben a problemas en la lógica interna del pensamiento del individuo, es decir, a contradicciones lógicas en el discurso (teoría) de la persona, o entre discurso y acción (teoría y praxis).

La diferencia está en que el consejero no está obligado a no revelar sus puntos de vista., por una parte y por otra parte tratará de contextualizar los problemas expuestos en un marco más amplio que el individual, cosa que llevará al aconsejado a analizar sus problemas desde una perspectiva más global encontrando las causas últimas a su situación individual.

El grado en el que el consejero filosófico interviene con sus propios puntos de vista varía  según el nivel del diálogo que plantea el aconsejado y según lo considere conveniente cada consejero.

La otra corriente terapéutica que se cruza con la consejería filosófica es la logoterapia, que dicho sea de paso no ha tenido mucha acogida en comparación a otras corrientes y sobre todo no ha tenido mayor acogida en el Perú. Esto se debe justamente a que se le atribuye haberse confundido con la filosofía.

La logoterapia de Victor Frankl se centra en la búsqueda del individuo del sentido de su vida, el cual no puede simplemente inventarse o serle atribuido, sino que el individuo según Frankl, lo encontrará analizando su propia vida.

Sus pacientes a diferencia de aquellos que suelen buscar la consejería filosófica, son personas que  han ido en búsqueda de ayuda médica psiquiátrica por considerarse frustrados. De modo que los pacientes que se enfrentan a la logoterapia son en gran número casos considerados patológicos. Frankl habla de neuróticos noogenos.

Los consejeros filosóficos en su mayoría no atienden casos considerados patológicos, aunque algunos como Gerd Achenbach, que abrió por primera vez a nivel mundial una consejería práctica en Alemania en 1981, no se niega a asumir también casos de este tipo. El argumento es que la eventual resolución de conflictos en el área psicológica son sólo momentos de la actividad de la consejería filosófica. Pero no es el objetivo último de la consejería.

Tal vez este último punto haya definido con más claridad la diferencia ente ambas disciplinas. Los objetivos son los que difieren. La terapia pretende solucionar supuestos problemas o trastornos emocionales. La consejería filosófica es un ejercicio racional en el que el hombre busca “un mayor control sobre su vida y su reflexión y el mecanismo de relación entre ambas” (O.O) y en el camino de dicha búsqueda eventualmente va resolviendo algunos conflictos emocionales y/o existenciales.
 



 
CAFE FILOSOFICO Nº 45

 
 
 

Marzo 20 1999

 
 
 
¿Son los evangelios históricos o míticos?

 Gustavo Flores Quelopana


I. Desarrollo del debate
   Por muchos siglos los evangelios canónicos fueron tomados como documentos históricos que demostraban la existencia real de Jesús. Desde eñ siglo XVIII el alemán Samuel Reimarus inició un movimiento impugnador que aplicaba el método histórico-crítico al estudio de los evangelios para demostrar su inaceptabilidad histórica.Desde enonces surge la polémica entre los defensores del carácter mítico de los evangelios [mitolologistas]y los partidarios de su carácter histórico [historicistas].
   Fue el luterano Rudolf Bultmann que en los primeros años de la postguerra relanzó el debate en torno a los evangelios y a Cristo, afirmando que es
necesario desmitificar el nuevo testamento,reconociendo que es imposible llegar al Jesús histórico, pero que ello no afectaba gravemente a la fe cristiana puesto que permanecía inalterable el Cristo de la fe.
   Por su parte la Iglesia católica desde Pío XII [1943] hasta Concilio Vaticano II [1964] dejó de atacar el método histórico crítico [crítica textual, crítica literaria y estudio de los idiomas] incentivando la tarea hermeneútica del exéta católico para sostener junto a los eruditos con Kasemann, Bornkamm y Jeremías que los evangelios no nos transmiten únicamente el kerygma [vivió, murió y resucitó] de la comunidad primitiva sino también el recuerdo de la experiencia terrenal de Jesús.
   Esto significa que no se puede eliminar la posibilidad de su historicidad sin caer en el peligro de excluir la revelación de Cristo en la carne. En el Perú el teólogo católico Eduardo Arens sostiene que los evangelios no son un documento histórico sino un testimonio de fe vivida.
   Pero afirmar que lo importante no es el Jesús histórico sino el Jesús vivencial, equivale a regresionar a la primera dirección bultmaniana que deja irresuelto el misterio de la encarnación.

   Así el debate sobre el carácter de los evangelios y Jesús no se ha detenido destacándose dos direcciones fundamentales:
1. la orientación mítica que niega la historicidad del dato neotestamentario, y
2. la orientación historicista que defiende la verificación histórica del Cristo de la predicación.

II. Historicismo cristológico en la encrucijada

   En realidad la cristología historicista contemporánea se encuentra en un callejón sin salida, pues sostener que los evangelios son inverificables, que no son biográficos ni históricos, que todo aconteció en el nivel de la creencia, significa afirmar que la revelación de Cristo en la carne, nunca fue un hecho, un factum sino una creencia y un mensaje que trajo un nuevo valor de fe.
   Esto es, que la creencia en Cristo no responde a su posible existencia histórica, sino que se relaciona con un estado profundo de la vida humana, una inquietud existencial y un substrato ontológico permanente que lo impulsan hacia la búsqueda de salvación, felicidad y eternidad.
   A este nivel el Cristo-creencia de los historicistas no se diferencia del Cristo-mito de los escépticos radicales.
   Y entiéndase aquí por mito no lo primitivo místico supersticioso y emocional, sino como un supuesto cultural indispensable en la vida histórica que encarna las aspiraciones humanas más profundas sirviéndose del lenguaje metafórico para expresar ideales inverificables.
III. Transfondo filosófico antropológico común
   De esta forma historicistas y mitologistas estarían arribando a una visión antropológica donde el hombre es tomado como un ser metafísico por su irrenunciable impulso hacia el más allá, lo absoluto e incondicionado pero que por su naturaleza sensible no puede concluir nada cierto sobre ese supuesto mundo trascendente.
   La religión confía en brindar esa vía de acceso a lo incondicional y lo desconocido, pero en último análisis todo queda en el ámbito del creer y no del conocer. Así el hombre vive a horcajadas y desgarrado entre la creencia y el conocimiento, necesita de ambos de modo irrenunciable y permanente para vivir.
   Es tan fanático y superficial satisfacerse sólo con el saber como hacerlo sólo con la creencia. Y aún cuando las creencias humanas puedan ser ilusorias y sus conocimientos relativos, ello es mejor que caer en el verdadero horror y error de vivir en el vacío de una ilusión, de una esperanza y de un mito.
   Es posible que la humanidad en última instancia tome posición ante la realidad a través de sus valores y así perseguir un ideal, le resulta más positivo que vivir sin metas, ilusiones ni propósitos históricos.

   El transfondo filosófico de esta conclusión apenas notada tanto por la escuela mitológico e historicista es que pueda que toda la vida humana sea una autoinvención pero no una ficción, así el hombre cree y recrea su propio ser; él es lo que piensa y piensa lo que es y donde se concluye parmenídeamente que ser y pensar son lo mismo.
   O dicho de otra forma, el hombre construye su ser culturalen la interacción de sus necesidades y posibilidades, el ser adviene al mundo humano en la medida que éste lo hace valer u objeto de su pensamiento.

IV. Los evangelios en el biblicismo hermenéutico

   La más reciente erudición bíblica [A. Voegtle, C. Dodd, B. Gerharsson, L. Grollenberg, J. Delorme, C. Moule, L. Dufour, J.Scheiffer] es de la opinión que la iglesia precede a los evangelios, que éstos fueron escritos entre del 70 al 90 [Mr. 70, Mt.y Lc. 85, Jn. 90] seleccionando, ordenando, adaptando el material de la tradición oral.
   El nombre de los evangelios no corresponderían a autores individuales sino a comunidades de Roma, Efeso, Antioquía y Siria. Que su carácter no es biográfico, sino testimonio de fe. Razones parenéticas [normativas] y catequéticas [pedagógicas] hicieron que la iglesia primitiva compusiera la tradición escrita, en base de los dichos [logias] y fragmentos [pericopas] atribuidos a Jesús en la tradición oral.
   Para la erudición no todas las palabras de la tradición oral atribuidas a Jesús, fueron pronunciadas por él sino que mucho material fueron compuestos por las comunidades cristianas por razones apologéticas.
  Pero todos se reafirman que el kerigma surgió de la misma resurrección de Jesús. No obstante ante la dificultad de que los evangelios permitían llegar al Jesús histórico, coinciden en que no sería sorprendente en que lo narrado pudo no haber sucedido jamás pero que esto no impediría que se trate más bien de una creencia y de un mensaje que trajo un nuevo valor de fe.
  De esta forma la revelación de Cristo en la carne, lejos de ser un hecho verificable e histórico sería un mensaje espiritual y salvifico de nuevo cuño, y el error sería más bien exigir a la fe el mismo nivel de demostración que una verdad científica empírica y fáctica.
   Por ende los evangelios devienen indemostrables, inverificables, no acontecieron en la historia sino en la conciencia del creyente. Así lo importante no sería lo histórico de Jesus [por lo demás inasible] sino lo vivencial.

   En consecuencia lo teológico no se fundaría en última instancia en la categoría de la verdad sino en las de la fe y la confianza.
   La tendencia a historizar está presente en los mismos evangelios en su aspecto catequizador. Pero en rigor estos no son reportajes históricos biográficos que resistan un exigente análisis científico. En nuestro tiempo sólo el biblicismo popular y fundamentalista, defienda a capa y espada el carácter histórico de cada palabra de los evangelios.
  Pero el biblicismo más progresista de hoy admite que los evangelios no son historias reales, que no hubo tales evangelistas testigos, y moviendo el péndulo al extremo opuesto concluyen cuestionando el dogma de las dos naturalezas de Jesús.
   Los evangelios históricamente son tan oscuros que cada uno ofrece de Jesús un plan de viaje diferente, sus relatos no son coincidentes y llegan a ser hasta contradictorios.
   Y esto es debido a que su sentido no es histórico sino que radica en la creencia, la esperanza que también se da en la historia pero que su status ontológico no es real sino ideal.
   En conclusión los evangelios serían relatos míticos cuya verdad no es real sino ideal.
   En conclusión los evangelios serían relatos míticos cuya verdad es existencial teológica y no histórica ni científica.

IV. Las consecuencias indeseables

   El método hermenéutico aplicado con vigor a la biblia desde Pío XII lleva en realidad a conclusiones revolucionarias e indeseables para la iglesia. Lo primero que resalta es: ¿si el Jesús histórico es inverificable entonces quién fue el creador del nuevo sentido salvífico?.
   Al parecer la única prueba que se tiene del inicio del kerigma son las epístolas de Pablo, compuestas entre el 50 y 60. El habría sido el creador genial del nuevo sentido soteriológico, y que fue con él y no con Jesús que comenzó la historia de los evangelios.
   Lo segundo que destaca es: ¿si los evangelios son relatos míticos, entonces son palabras de Dios o palabras de hombres?
   En buena cuenta, el asunto de la revelación de las escrituras no es un hecho científico, sino un asunto de fe y creencia. Esto significa que las comunidades cristianas que escribieron los evangelios, creían que lo hacían por revelación, pero lo cierto es que se trataba de hombres concretos escribiendo en una época determinada para un auditorio específico. De este modo el dato testamentario sería palabras de hombres reales dirigido a hombres concretos.
 

Gustavo Flores Quelopana



 
CAFE FILOSOFICO Nº 46

 
 
 
Marzo 27 1999

 
 
 
¿Qué es lo bueno y qué es lo malo?